De las palabras a las manos

septiembre 17, 2009 at 5:56 pm Deja un comentario

Participación de Melanie Pérez Ortíz
en el panel de la premiación.

De las palabras a las manos

Por Melanie Pérez Ortiz, Ph.D.

Quisiera comenzar mi intervención agradeciendo a Mareia Quintero por haber ideado y realizado esta convocatoria y a los estudiantes por participar. También a todos los presentes, ya que el ambiente en Río Piedras está caldeado. En el día de hoy, estar aquí, ya implica una toma de postura a favor de la libertad de ocupar los espacios públicos. La pregunta a la que este conversatorio debe intentar responder es ¿qué es la crítica cultural? Para intentar responder a ello hoy, hay que hablar de esa y otras libertades.

En mis años de universitaria sub-graduada, porque hoy sigo siendo universitaria, aprender, para mí fue más que salir del encierro en Caguas para enfrentarme a la casa de las letras. Más allá de los muros de esa casa, estaba la exploración del mundo, del país, de los callejones de Río Piedras. Si quería ingresar a la vida intelectual del país tenía que aprender las redes que la sostenían más allá de los espacios visibles. Más tarde aprendí que el debate público, según historiadores de la cultura, siempre se llevó a cabo en los espacios públicos (o semi públicos y valga la redundacia): plazas, cafés, bares, donde se generaban tertulias. Es a partir de esa conversación que nos inventamos las reglas que luego organizarán nuestra vida cotidiana, además de la conversación nacional que se da a través de los medios y la que se da en los foros públicos de las instancias del gobierno (vistas públicas y el hecho de que los juicios y las deliberaciones de la Cámara y el Senado son públicas, sigo redundando adrede). Había que adquirir, para poder debatir, lo que luego aprendí que Pierre Bourdieu llamó capital social (palas), capital cultural (manejar cierta cultura con la naturaleza de haberla visto y vivido… Eso va del modo correcto de agarrar un tenedor a haber visto la Mona Lisa de frente y no sólo en la televisión o en laminitas). El capital cultural que se produce en el país es mucho. La gran mayoría de él no pasa por los medios y, lamentablemente, no se documenta para que se pueda estudiar limpiamente desde una mesa en la biblioteca. Hay que ensuciarse los pies y adentrarse en el fanguito del área metropolitana. Están las peñas informales entre artistas y estudiantes, están las exposiciones, las lecturas de poesía, los performance, las instalaciones, los montajes teatrales, etc… Acceder a ellos, debatir con sus proponentes, cerveza en mano o no, es asumir la madurez de pensar en público, en voz alta. Los estudiantes de hoy me sorprenden porque mucho más allá que los estudiantes de mi época se sienten llamados y preparados para participar de ese debate: escriben, pintan, performean, hacen teatro, discuten, se organizan.

Muchos participan del debate público desde el lado de la creación, desde donde se puede producir una conversación afilada con el país, ya que las herramientas del arte son sutiles. No sé si tiene que ver con el objetivo de la fama o con el glamour que tiene poder presentarse en público y decir “soy artista”, pero lo cierto es que son más los que debaten desde el lenguaje metafórico de la creación y menos los que utilizan las herramientas más técnicas que el crítico cultural asumirá para ampliar ese debate. Hacer crítica cultural es, entonces, desde un foro público (hoy día hay para escoger), con herramientas específicas que implican el conocimiento del campo en el que las prácticas intervienen y con el conocimiento de los modos en que intervenciones históricas han sido leídas, proponer una o varias lecturas de distintas intervenciones, que se leerán de forma aislada o en diálogo unas con otras.

Son muchos los artistas que me han comentado la necesidad de que este debate sea mayor. De ahí la validez de esta Maestría en Gestión Cultural que se inauguró el año pasado. De ahí la pertinencia de la convocatoria que aspira a que más personas se asuman como críticos, que, según el estado de la crítica hoy, no dejan de ser artistas. A fin de cuentas, hacer crítica es arte también, en el sentido de que es subjetivo su proceso de composición y su resultado puede ser más o menos provocador, según sea capaz de descubrir, explicar o iniciar nuevas líneas de reflexión. Supongo que la buena crítica cultural se balancea entre la creatividad, la rigurosidad y la erudición. Es decir, hay que saber decir y a veces inventarse una forma, porque para explicar una idea o un concepto nuevo hay que primero crear el medio para que esa novedad se entienda. Hay que ser rigurosos, porque hay que hacer justicia al objeto del debate y para esto, no hay remedio, no basta la subjetividad. Hay modos en que el arte se ha producido y otros en que no, y ello responde a razones históricas. Hay que conocer estos modos y estas razones o al menos preguntarse por ellos. La erudición ayuda a detectar líneas en esta conversación, a contextualizar mejor, a entender.

Mi línea de investigación desde que me doctoré ha tenido que ver con entender el debate público en la modernidad porque me interesaba documentar quiénes han entrado en él y quiénes no, porque los espacios de participación tienen mecanismos que viabilizan ciertas participaciones sobre otras, ciertos discursos sobre otros. Aunque mientras más avanzó el siglo XX, las tecnologías nuevas propiciaron que se abriera un portón que mantenía muchos sectores fuera del debate. Lo cierto es que la esfera pública no es una, sino que son varias, como reclamaron en principio teóricas feministas. Hay líneas de debate que si no las enfrentamos, están condenadas a desaparecer. Aparte, debatir es crecer, siempre que la discusión sea abierta y auténtica. Abierta en el sentido de que no haya evidentes agendas ocultas y auténtica en el sentido de que los distintos proponentes escuchen de verdad y reaccionen honestamente. Cuando una parte se quiere imponer sobre la otra, el resultado, invariablemente, será la violencia.

Descarga el archivo aquí De las palabras a las manos

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“[…] un mapa no para la fuga sino para el reconocimiento de la situación desde las mediaciones y los sujetos, para cambiar el lugar desde el que se formulan las preguntas, para asumir los márgenes no como tema sino como enzima.” (Jesús Martín Barbero, “Oficio de Cartógrafo”)

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