Mapas del cuerpo: Cartografías individuales y colectivas

diciembre 10, 2009 at 9:16 pm Deja un comentario

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Mayra Rivera Rivera[1]

La mente se encuentra inherentemente incorporada. El pensamiento es mayormente inconsciente. Los conceptos abstractos son en gran medida metafóricos. Éstos son tres grandes hallazgos de la ciencia cognitiva. A causa de estos descubrimientos, la filosofía no podrá volver a ser la misma.

– Lakoff y Johnson[2]

I.

Por mucho tiempo se ha insistido en los poderes de exclusión de lo Simbólico. Se habla (en términos lacanianos) del poder ordenador del lenguaje (la Letra y la palabra) por sobre los espacios de la imagen (que, por ser inapalabrable, también se le llama “primitiva”) y de todo aquello que se gesta al margen de un orden social consensual. En términos de los movimientos de derechos civiles se habla del poder, igualmente represivo y excluyente, de los discursos sobre el cuerpo, la sexualidad y el orden social; ya sea en movimientos feministas, “queer”, estudios culturales o teorías pos-coloniales, se sitúa, más allá, el espacio de lo simbólico como el dominio que privilegia al sujeto del hombre blanco occidental. El Símbolo como su propiedad, opuesto al Cuerpo, propiedad de los “otros”. La antropología, por su parte, se ha cuajado sobre esta misma distinción entre el dominio de lo simbólico – adscrito en sus principios unilateralmente al espacio cultural del hombre blanco occidental, o la Sociedad u orden social –  y los espacios de significación que lo escapan: la corporalidad, el ritual, lo “primitivo” o Naturaleza, dominio propio de ese “otro” cultural que se estudia. Símbolo y corporalidad, Sociedad/Cultura y Naturaleza, lo racional y lo mítico quedan entonces divididos en una movida epistemológica que Bruno Latour llamaría de “purificación”. Lo uno que no se mezcla con lo otro – ni en teoría ni en práctica, sólo por equivocación – aunque en la experiencia de todos los días se habite todo simultáneamente, indistintamente.

La violencia percibida en el espacio de la letra, la palabra y lo simbólico tiene que ver con su capacidad asociada de detener y delimitar posibilidades de significado y acción: un poder, literalmente, de exclusión. El lenguaje – eso se sabe hace mucho – crea geografías de significados; espacios internos y externos, válidos y no válidos. Crea estructuras de valores y genera consensos. Diría también Foucault, que el lenguaje “patologiza”. Muchos eventos de violencia externalizada – violencia cultural, social, política, lingüística – se explican bajo estos términos. El lenguaje crea, privilegia o suprime sujetos: ya sean colonizados, mujeres, inmigrantes, enfermos, o etc. Pero nos interesa aquí ese espacio interno a los sujetos que igualmente se violenta: el espacio del imaginario intuitivo e inapalabrable.

Las lógicas que privilegian la palabra o el lenguaje como el espacio de la significación y el orden individual y social, generan fenómenos aún más curiosos: la demarcación de un territorio interno a cada uno de nosotros del cual hemos sido radicalmente excluidos. Un territorio donde somos extraños y visitantes – el espacio de lo que resiste al símbolo y que se ha dado en llamar de lo monstruoso: el inconsciente intuitivo. Nuestro propio Jardín del Edén. Hemos generado, nosotros mismos, el espacio del trauma.

Por otra parte, las epistemologías que, en reacción, sitúan al cuerpo al centro de todo gesto de ordenamiento y significación, a menudo desestiman las verdaderas perplejidades de la experiencia vivida: que en nuestras teorías y prácticas cotidianas si nos dan a escoger entre cuerpo y símbolo, a menudo optamos por las dos, y por todo lo que les rodea.

II.

Yo hablo desde una experiencia específica. Soy producto de estudios interdisciplinarios: desde la lingüística y la filosofía hasta la sociología de la ciencia, teoría social e historia de la biología. Terminé con lo que se puede llamar Análisis Cultural – virtualmente un espacio para el estudio de todo, o de cualquier cosa. He visitado muchos lugares buscando aún más espacios para cartografiar y cada vez me doy cuenta de que es más difícil separar mi cuerpo de mi pensamiento. Esto me ha llevado a muchas perplejidades disciplinarias.

Por eso he terminado hablando de metáforas. En gran medida, por mi propia salud. Las metáforas se han convertido en mi propio espacio de remiendo.

Cuando hablo de metáforas, pues, me aparto de la definición que las categoriza estrictamente como un recurso literario escrito. Hablo de las metáforas como estructura de pensamiento y de organización de conocimiento – como hablarían los cognitivistas. En su formulación reducida, las metáforas son un recurso – de carácter perceptual variado – que establece una comparación directa entre dos objetos o ‘dominios’ de significado. Uno de ellos, generalmente relacionado a un objeto o evento generalmente conocido o experimentado de manera inmediata -estrechamente conectado a nuestra experiencia empírica o corporal – y otro, el objeto o aspecto de carácter más desconocido o abstracto que se procura iluminar en mayor medida. [“El río de la vida”, “Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente”, “Le bajó la moral”, por mencionar algunos ejemplos verbales, que ilustran procesos, relaciones, emociones, de otro modo, intangibles.] La metáfora sintetiza cuerpo y símbolo, por eso se dice que las metáforas son “incorporadas”.

Pero las metáforas, también, son mucho más que eso. Ellas saben habitar el espacio del dolor; el espacio del trauma – ese espacio de vulnerabilidad conjuntamente física y simbólica que a menudo no sabemos poblar. Como los síntomas, las metáforas señalan simultáneamente al cuerpo y al signo.

En uno de los lugares que visité me encontré con lo siguiente. Lo encontré primero fuera de mí y después me di cuenta de que ya, hacía tiempo, me poblaba. Habitaba esa parte de mí que rinde el signo al cuerpo y el cuerpo al signo.

“Si algo nos descompone es la desbocada visibilidad del VIH/SIDA; su resistencia material y la desproporcionada presión que hace, primero en secreto, y después sin excusas, por salir a la luz. Su ofuscación en hacer de la exposición un acto permanente. Su dramático exhibicionismo. Hablarlo nada más nos repuebla la cabeza de rupturas, aversiones y aperturas; nos plaga de paranoias generales, despiadadas, epidémicas. Nos plaga con el terror a ser expuestos; a habernos, y a vernos, expuestos.

Y con terror de ser expuestos, después de expuestos. De quedarnos desnudos y fríos cuando los tejidos que nos protegen –piel, amigos, familia– se resequen de una buena vez y se desprendan agrimados. Nada como significar demasiado. Nada como un cuerpo que insista en significar, a pesar de todo lo demás. Que haga de síntomas una gramática desenfrenada que no escucha a nadie, un cuerpo que palabree sin parar. Nada como gente que le crea.

Por eso mismo marchamos al día siguiente. Cinco mil personas en el más apasionado orden, en Cape Town. Gente de toda Sudáfrica, África, y un poco más allá. Para recordar esas metáforas que se viven. Para recordarnos que si ellas se nos encaraman en el cuerpo sin pedirlo, también para eso somos poetas. Para reescribirlas. Con nuestro puño y letra, que sí.

Reescribirlas aunque no sepamos escribir, como tantos de los que estaban allí. Gente, sin embargo, que sabe que para hacer poesía hay que saber ciencia. Y vivir política, y comer cultura, sociedad y pobreza y riqueza. Que saben que hay que saber su estatus y su CD4 count; adherirse a los antirretrovirales, saber todo lo que hay que saber sobre el VIH, la tuberculosis, las infecciones oportunistas; que saben también que hay que saber moverse más rápido que el virus. Movilizarse. Regarse por todas las esferas: el gobierno, las cortes, los medios, las comunidades, los shacks de madera y cartón en los que se viven. Saben que hay que hacerse tan visibles como el virus, y a los descreídos, hacerles ver.

Hacerles ver una nueva poética de exposición. Los cuerpos abiertos, pero lozanos, que viven con VIH y sida. Los cuerpos que, expuestos, han impuesto su propio ritmo a la gramática hipercoordinada del virus: un ritmo más paciente, antirretroviral. Un ritmo que le dé soñolencia requedona al virus, en lo que los cuerpos se le adelantan con poesía más lustrosa que la tuya y que la mía. Cuerpos sanos y VIH positivo.

Son gente que sabe de política más que muchos de nosotros, cuando la vivimos desde un norte desencarnado. Nosotros, que con la misma facilidad que fabricamos metáforas, creemos escaparlas. Pobre de nos, que no hemos conocido el repositorio de tantas metáforas amasadas. Que no sabemos creerle su corporalidad. Poetas de escritorio.

Para escribir poesía hay que salir a la calle con una masa virulenta de camisetas rojas que nos expongan a todos los vientos una vez más: ‘VIH Positivo’. Y esta vez, para que nos vean.”

La salud verdadera, al parecer, requiere tanto de remedio físico como simbólico. Las metáforas son urgentes.

III.

Lo que nos mueve, al fin y al cabo, es proponer una alternativa (que bien puede ser coexistente) a la ética epistemológica del distanciamiento. Me refiero, literalmente, a la estética del conocimiento que propone la necesidad de una distancia esencial entre productores y objetos de conocimiento.

Esta distancia se produce de muchas formas. El consabido requisito de objetividad o imparcialidad en la crítica y la investigación, con todos sus problemas, es meramente un índice de este distanciamiento. La distancia empieza al momento que cada disciplina define o delimita sus objetos – más o menos concretos – de estudio. Crear un objeto de estudio implica, para empezar, dar un paso hacia atrás para permitir la distancia necesaria para observar. Observar es un gesto que necesita de la diferencia. No en vano la modernidad científica comenzó con la aparición de instrumentos como el telescopio y el microscopio: son los que mejor metaforizan la movida política y epistémica de la modernidad – la interposición progresiva de lentes entre los sujetos y los objetos del conocimiento, la generación de distancias. El objeto de estudio requiere de un perímetro higiénico: una distancia analítica, desafectada – desinfectada, inafectiva.

El distanciamiento crítico justifica demasiado fácilmente el desvinculamiento estético y ético con lo que se estudia. La desaparición del autor es algo más seria que una mera fuga crítica – es también una condición para la inmunidad ética del conocimiento. Para la suspensión de la responsabilidad. Esta distancia objetiviza también al conocimiento mismo. Lo convierte en conocimiento-moneda.

Las metáforas son menos apropiables. O apropiables, pero de manera distinta. Ellas no funcionan con la distancia. Ellas funcionan en cúmulo.

Es básico que cualquier metáfora expone sólo parcialidades – a primera vista, aspectos potencialmente comparables de uno y otro dominio de comparación. Pero lo que le da verdadera fuerza de significación son las nubes de asociaciones – que rodea cada término en comparación. No es nada más el virus como es, sino el virus como puede ser y pudo haber sido; lo que ha sido en mi historia individual y colectiva, en la historia del mundo y lo que ha sido para otros. Y todo lo impronunciable que desata. Para la metáfora el “ruido” ambiental de imaginación y significación – y la imposibilidad de aislarlo de unos ‘objetos’ – es esencial. Ésa es la ética-estética de la metáfora.

Síntesis

La matriz extracelular es el fluido que ocupa los espacios o intersticios entre las células de un tejido. Es esencial para todos los procesos celulares de ‘comunicación’, tráfico e intercambio de materiales. Ni las células en los tejidos, ni los tejidos funcionarían sin la matriz extracelular. Y, sin embargo, son pocos los cursos de biología general que le dedican cinco minutos de mención.

Supongo, pues, que existe tal cosa como la matriz metafórica. Ese espacio de tráfico y síntesis entre cuerpos y símbolos. El fluido que genera su conjunción como un nuevo material de significado. El dominio de la experiencia, lo mítico, lo hermoso y lo monstruoso. Lo íntimo que se hace colectivo y lo colectivo que se convierte en íntimo. El desparrame viral de camisetas rojas. El material de la ficción.

La metáfora tiene una ética-estética del acercamiento. De la intervención y la inmersión intensiva. Es sintética, afectada, infectada y afectiva. De ahora en adelante no hablo de la metáfora, sino del tejido metafórico. Las metáforas viven de una epistemología del contacto.


[1] Mayra Rivera Rivera es profesora en el Programa en Estudios Interdisciplinarios (PREI) de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras.  Cuenta con una preparación humanista interdisciplinaria con énfasis en el análisis cultural, estudios de la ciencia y, más recientemente, de las metáforas del VIH/SIDA y su impacto en prácticas comunitarias. Colabora actualmente con Pedro Adorno Irizarry en el proyecto Mapas del Cuerpo. Adorno es actor, director de teatro y cine, entrenador de actores y activista comunitario.

[2] Lakoff, George y Mark Johnson. Philosophy in the Flesh: The Embodied Mind and its Challenge to Western Thought. New York: Basic Books, 1999.

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“[…] un mapa no para la fuga sino para el reconocimiento de la situación desde las mediaciones y los sujetos, para cambiar el lugar desde el que se formulan las preguntas, para asumir los márgenes no como tema sino como enzima.” (Jesús Martín Barbero, “Oficio de Cartógrafo”)

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