Pulpo

septiembre 9, 2012 at 2:30 pm Deja un comentario

Pulpo
Experiencia en Haití y México

por Vanessa Coaí Rodríguez Ortiz

Una libreta de anotaciones salió de Puerto Rico, y ahora se mueve con unas carcajadas llenas de líneas curvas vivas y profundas. Cuando un río caudal corre y se levanta, es imposible evitar el contenido de la emoción, alegría de volver a vivir lo vivido. En estos momentos lo vivo siempre. Es difícil mirarla sin sentir nostalgia. ¡Esa libreta! Inmediatamente culminado un semestre de investigaciones de carnavales, performances, patios y dibujos –¡Mujer trazo libre! –y lo empíreo de la conservación del legado cultural, expuse una ruta hacia el Kompa y el maíz. El recuerdo, en este instante, contiene mariposas de Cabaret, voz de Volose, ceibas Mayas, nubes de Pueblo Nuevo y textiles de San Cristóbal. Haití y México se tomaron de la mano y nos invitaron a comer a todos. En este escrito se presenta la gestión cultural a través de miradas, ternuras entre ruinas, baluartes de color y fuerzas, resumidos en un abrazo lleno de estima y cariño hacia el arte.

Sentir el olor a fogón es una constancia en Cabaret, Volose, Haití y Chiapas. Cada vez que una mujer se levantaba, inmediatamente sentía la fuerza de la vida. En sus manos veía la devoción a la tierra. En ocasiones, en terruño caribeño, y también maya, percibía como la leña se adhería a sus cabezas, manos y espalda. Es la madera la energía que levantaba el humo, leña que entraba a nuestros pulmones en las cocinas de ambos espacios. Ver las tortitas de maíz y las batatas fritas llegar a la mesa, por sus manos, hermosas manos llenas, con intención de invitarnos a comer –¡Comer mucho!– nos relataba, punto a punto, el corazón de un mundo pleno: “Un solo mundo, todo uno,” dijo Garcilaso de la Vega. Cuando pienso en lo que es la valentía y la dignidad, la imagen de ellas viene a mi mente; no viene bocado a la boca sin que mi mente se transporte al trabajo de sus manos santas.

En la cocina todos nos encontrábamos, comíamos y nos mirábamos cada detalle, nos miramos los platos para garantizar la culminación exacta del alimento: ¡No puede quedar nada, todo tiene que ir al vientre! La acción de los artistas tiene que emanar sensibilidad para disfrutar cada proceso, sin la necesidad insensata de avaluar estilos y estéticas. Al estómago va el alimento y forma una mezcla interesante. Es ahí el fundamento del artista, evitar el miedo a alimentarse y con panza, ¡panza fortalecida! La única y mayor indigestión del artista gestor es el prejuicio. ¡Qué horroroso el menosprecio! Si dividimos la mesa en partes geométricas perfectas, en análisis de cualificación, posiblemente la raya desarrolle la frontera del rechazo. Todas las partes (insisto, mezcladas) son sazonadas con igual importancia. Es reunir los pensamientos altos y bajos. En el Popol Vuj, el libro sagrado de los mayas, se establece la creación en la unión: “Así fue la creación de la tierra, cuando el Corazón del Cielo, Corazón de la Tierra meditó y reunió sus pensamientos para que su obra fuese perfecta.” Hoy medito en sus miradas que se unen en corazón sensible lleno de pozol de zapata y arenque en kreyol. Y llegamos: siempre la belleza salía a nuestro encuentro. La niñez siempre empapada de carisma mostraba la herramienta de la alegría, vuelvo, sus miradas. Allí en el espacio donde comíamos comprendíamos la magnitud del esfuerzo, ganas que hoy nos siguen llenado de fervor al correr y hacer arte en cotidianidad espontánea. Miradas y leña en un movimiento de justicia.

En Cabaret, Haití, las “Me an Kolè, me an Kolè!” (¡manos coloridas!), no tenían fin. El llegar y ver un carnaval de abrazos hizo que mis suspiros fueran una constancia. Inmediatamente formamos un círculo y cantamos “I wondèl kite payi se vre…!” En la clase de teatro cada uno tomó lo que quiso y se presentó con explosividad. Encantada estaba la vida de observar danzas saliendo de la tela violeta, bastidor improvisado. El arte se vale de contentura. Bajo el sol de Haití, el hongo del óleo clásico desaparece. Cada día salen colores vivos de piezas genuinas. Las enseñanzas del arte no laten dentro de planificaciones rígidas. Allí, queremos cantar, allí queremos danzar. Mwen vle chante! Mwen vle danse! El arte es querer, es el deseo de hacer, y eso es lo que anhelamos: crear con el impulso de identificarnos con la actividad creativa que nos hace feliz. En el Hogal Bethel recordé al artista Joan Miró, quien dijo: “Yo no distingo entre pintura y poesía.” No podemos separar en categorías de importancia la sonrisa de la mirada, el baile del ritual; no podemos distinguir la canción del abrazo… en Cabaret los nudos tenían suma sintonía en la manifestación de la sensibilidad.

Llegué a Pueblo Nuevo, Chiapas, con imagen intensa: un pitirre en el patio de un familiar en Vega Alta, Puerto Rico. El pitirre defendiendo su nido con vehemencia me mostraba su amor por el proceso de crecimiento de sus críos, con acción protectora. Así es Chiapas, así son sus comunidades indígenas, Emiliano Zapata, Pueblo Nuevo, Ceiba, Yalentay y muchas otras. Éstas van de rumbo en rumbo exaltando la milpa, cuidando su tierra, viviendo con sed de justicia y cantando su belleza. El pitirre en Puerto Rico cantaba “¡Pitirre! ¡Pitirre!”, y se quedó en mí. Un día, junto a la comunidad, les hablé del pajarito, y traté de presentarlo, cantando, “¡Pitirre! ¡Pitirre!” Todos se reían, bellas rizas en tzeltal… repetían el canto una y otra vez. En Chiapas trabajamos con las bellas artes, y el punto de partida siempre fue el corazón. En cada esquina se escuchaba la pregunta “Bin xi awotan?” (¿Qué dice tu corazón?) Esa era tierna pregunta del buenos días; todo nace del corazón. “Un mundo donde quepan todos los mundos.” ¡Se ve! En Chiapas todo sale del corazón, y sus arterias sustentan. Con los niños, también levantamos el polvo, con las flores de papel como enseñanza para sembrar la paz. Sus aplicaciones de color marcaban melodías poéticas. Cuando mostraban sus flores con saltos, establecían coreografías vernáculas, sin forzar el movimiento. Estamos en una constante búsqueda en la reafirmación del talento interior que sale en la naturalidad de la vida, el canto de un pajarito, la experiencia del amor.

En Volose, Haití, hay una pared con muchas ramas, tendones, raíces, cielos y mares. Ternura entre ruinas. Al obtener el permiso del director de la escuela, comencé a jugar con la idea del color, sentí el calor y vi un sol. Con pincel, botella y plato hice el embarre y destaqué rayos de sol en la pared. Comencé rápido, pues el blanco sobre el concreto me asustaba. Inmediatamente el anaranjado, rojo, blanco, azul y negro se mezclaron y los maestros y niños se acercaron y gritaron: “Gade, li nan yon poulp” (“mira, es un pulpo”). Un maestro en específico comenzó a hablar de cómo estos animales marinos destronan los barcos militares más poderosos. Reflexioné y observé: “Wi, mwen we yon poul” (“¡Sí, veo un pulpo!”). Alrededor del mural los jóvenes y niños llenaron de color las ruinas. Ellos son los autores, seres llenos de energía y coraje quienes, a lo largo del tiempo, extienden sus manos como tendones para combatir el menosprecio. Recuerdo que una vez me pidieron hacer una pintura de la torre Eiffel; para ese tiempo, practicaba el Kreyol, así que la torre salió doblada en dirección al Caribe: Caribe, la fuerza de Europa. La pintura mostraba una caribeña cuyo cabello se enredaba con la escultura gigante. Haití no es la ruina; es el baluarte de miles de colores.

Y pensando en baluartes de color, en el Centro Indígena de capacitación Integral de San Cristóbal de las Casas, La universidad de la Tierra, en clase de pintura partí del querer destacar, en primera instancia, la importancia de la mezcla libre de los colores, y con toda alevosía, les dije a los estudiantes: “¡Esto es una clase de pintura experimental en gestión creativa! ¡Que vivan todos los colores, su imaginación, bocetos y conceptos!” De esta manera, nos complementamos. Escuchamos la mesa donde reposaría el papel, soporte de la mezcla, les otorgamos descripción a las vetas que escuchábamos de la madera, mesa con venas, y pasamos a diseñar, en el universo, el espacio grato donde nos gusta estar. Kandinsky dijo: “Cada obra surge técnicamente igual a que apareció el cosmos, mediante catástrofes que surgen del bramido caótico de los instrumentos que al final crean una sinfonía, la música celestial.” En Volose, como en San Cristóbal, las estructuras no eran edificios perecederos; las fuerzas que sostenían el derredor eran las mezclas, los anhelos de sentir el aire como pintura y la pintura como río, ya como una tinta no tóxica, ni cara. ¿Cómo exigirle a un estudiante la manera correcta de tomar un pincel? Los mejores estilos ya habitan en sus universos.

Queremos buscar nuevas maneras, y es concibiendo el sol y el pulpo como uno. ¿Qué es gestión artística? ¿Cuál es el misterio del pincel? Es respirar el fogón comiendo sobre cualquier superficie; es bailar el Kompa en escenarios improvisados; es disfrutar de la mezcla entre las montañas chiapanecas y respirar. Actualmente, Puerto Rico lleva consigo una plancha xilográfica con termitas y no se detiene: vuelve a entintar. Eso es taller, visualizando como arroz congrí de Haití. En nuestro terruño hay mucho amor. Éste se extiende cuando nos unimos a la experiencia de la ternura de bailar en silencio o en grito, siempre en plenas manifestaciones de sensibilidad, tomando como ejemplo al pájaro, y vivir en ruta y en movimientos por la justicia. Haití y México, quiero que sepan, la libreta no para de moverse.

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“[…] un mapa no para la fuga sino para el reconocimiento de la situación desde las mediaciones y los sujetos, para cambiar el lugar desde el que se formulan las preguntas, para asumir los márgenes no como tema sino como enzima.” (Jesús Martín Barbero, “Oficio de Cartógrafo”)

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